En la ciudad con mar de asfalto, donde la línea del horizonte está copada por edificios y semáforos y el rumor de olas es de tubos de escape, inevitablemente empecé a echar de menos mi pedacito de mar salada. Añoraba un baño de mar cantábrico que te deja ese poso de salitre en la piel, ese perfume y sabor a mar durante horas. Añoraba saltar las olas de las mareas vivas de septiembre, los toldos a rayas blanqui-azules que conforman una mini ciudad de tela de quita y pon a orillas de la playa de Ondarreta.

Y entonces pensé, ¿por qué no traerme un pedacito de mar a Madrid? Dicho y hecho. En una escapada a la costa vasca metí en la mochila una botella de cristal. Caminé hasta la orilla con los pantalones remangados y le robé al mar un pedacito de agua.

A mi vuelta a Madrid elaboré un jabón a base de una fórmula donde la fase acuosa era agua de mar del cantábrico pura y dura. Y he aquí el resultado:

Jabón de mar Donosti

Jabón homenaje a Donosti. Envuelto en tela de algodón a rayas blancas y azules, a base de agua de mar.

A partir de ahora, si por las mañana pasáis por debajo de una ventana de una calle de Madrid y escucháis cantos de sirena (admito que el canto no es una de mis habilidades), probablemente seré yo tarareando bajo mi ducha de agua de mar matutina.

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