Yo siempre digo que todos somos muchas cosas a la vez. Es una de las pocas afirmaciones que me atrevo a hacer sin sentir la punzada de la duda.  Pues bien, nuestra invitada de hoy es el ejemplo perfecto que ilustra esta certeza. Raquel Villaécija se gana la vida como periodista. Trabaja en el periódico El Mundo y colabora en diversos medios nacionales e internacionales. Es fotógrafa, viajera, aventurera y curiosa. Pinta, hace web documentales, escribe mucho y bien, diseña y fabrica joyas. Le va el flamenco y la chanson. Sabe a partes iguales de vinos y cervezas. Es de Madrid pero también un poco de París, Grecia y África.  Huele todo aquello que se le pone a tiro de nariz. Es un honor contar con uno de sus textos sobre esa Grecia que ha respirado en pequeñas dosis de calma. Os lo dejo a continuación. 

Por nuestra nariz invitada:

Raquel Villaécija (autora del texto y de las fotografías que ilustran este post)

– “Cierra los ojos”, pregunta él cuando descienden del avión y ya caminan sobre la pista. “Ciérralos y huele. ¿A que lo hueles?”, sugiere.

A ella no le hace falta mirar para saber dónde se encuentra. A su alrededor la pequeña terminal podría ser la de una remota ciudad de un país africano o la de una isla en medio de cualquier mar: una modesta pista con cuatro avionetas bajo el cielo azul y una pequeña edificación que hace de portal entre el aeródromo y la calle.

La vista aquí no vale como brújula, sino el olfato.

– “¿A que lo hueles?”

Claro que sí. Desde la pista ya huele a buganvillas de colores (predominantemente rosas) colgando de los balcones blancos de piedra.

buganvillas rosas en isla griega

Huele a café frappé en la cubierta de un barco. Ese café semiaguado que sabe a poco y a todo a la vez. No importa que en realidad sea una mezcla casi insípida de café en polvo con hielo y agua: porque huele más que sabe. Y huele al Egeo, a atardeceres multicolor que confundes con arco iris. Huele a tejados azules sobre casas encaladas y frescas.

No huele a sardinas sino a red de pescador; no a mar, sino a horizontes azules que acaban en grises, a los restos de sal que el aire deposita en el vello de tu cara. Huele a restos de civilización desperdigados por el campo, como si fueran cantos en la arena cuando en realidad son vestigios marmóreos. Huele a un paseo en bici cuando se pone el sol, a ese primer trago de cerveza con los ojos cerrados cuando éste ya no quema y sólo acaricia.

aperitivo griego

A todo eso huele Grecia. A todo lo que siempre has visto pero nunca hubieras pensado que tuviera olor.

Acabamos de aterrizar en Paros, una de las islas de las Cícladas. Parikia es la capital, aunque el aroma se extiende por Naussa o Lefkes, dos de los pequeños pueblos con más encanto del islote. Como en la mayoría de las islas cicládicas, el centro de Parikia huele a pequeñas y laberínticas callejuelas de casas blancas y tejados azules.

pueblo de Naoussa, en la isla de paros Grecia

La arquitectura aquí huele a iglesias minúsculas improvisadas en cualquier lugar. No están construidas para que se celebren misas, funerales ni nada parecido. Sólo para que entren los lugareños, no a rezar, sino a saborear el aroma del silencio.

En Grecia huele mucho a abuela. A una de cara arrugada, vestida de negro y con la cabeza cubierta por un pañuelo. Está sentada tomando el fresco en la puerta de su casa, como todas sus vecinas, como aún pasa en algunos pueblos en España. Esta abuela podría ser la tuya o la mía. ¿A que la hueles? A eso huele Parikia, a que todavía se puede dormir con la puerta abierta y al fresco.

una calle en koufunissi Grecia

De madrugada huele a búho y a gallinas, a noches en vela porque los sonidos aquí son muy distintos a los que estamos acostumbrados en las ciudades. Sí, parece una contradicción pero nos cuesta oler la noche entre animales y no entre ruidos de coches. También huele a noches con estrellas, porque se ven aquí casi desde cualquier punto.

Al amanecer te despierta el aroma del Distrato, uno de los bares con más encanto del centro. Situado en el centro de una placita, allí huele a óleo, porque te podrías tirar horas pintando. Inspiras y captas con la nariz la esencia de la acuarela, la arcilla de los artesanos cerámicos que trabajan a mano las piezas que luego venden. Improvisan sus talleres en cualquier rincón, en cualquier calle. Huele a artesano joyero, a forja, a oficios.

taller joyero. Koufunissi Grecia

Grecia también depende aroma a casas con fotos en blanco y negro con mesas camilla. A coger piedras raras en la orilla, a cerveza a la hora del café y café a la de la cerveza.

frutería en paros Grecia

A pinar, canela y orégano, a aceite denso y verde puro, a pepinos de huerta con tamaño de un mástil y a sandías minúsculas poco más grandes que una pelota de tenis. En estas islas, la tierra pare a sus hijos y no discrimina tamaños. Tampoco formas. La fruta aquí es fea pero sabe mejor que nunca. Huele a tomate de verdad, sabroso aunque esté verde. Huele a que puedes coger los limones de los árboles de las calles. A rakómelo,que es uno de los licores típicos (raki) pero aderezado con miel. Entra tan bien que si te tomas tres o cuatro empezará a oler a amanecer resacoso.

sandía del tamaño de mi cabeza

Desde los hornos llega el olor a bollos de sésamo, ese gran invento también griego. Digo bollos y no panes porque quedamos en que aquí las formas no importaban. Da igual que sean redondos y les sobresalga un pico. Al olfato le gustan las formas imperfectas.

En el puerto huele a los pulpos colgados de las cuerdas de los restaurantes, como si fueran ropa a secar, y al abuelillo que te tuesta las sardinas en el horno de leña. O al que te acoge por menos de 30 euros en su hogar, en el que ha improvisado una casa de huéspedes. Si te vas a una isla pequeña, aún no huele a Airbnb ni hoteles grandes. Solo a las casas cobijo de los isleños, que te dejan entrar en sus cocinas para que desayunes como Obelix.

desayuno en paros Grecia

Con la cucharilla puedes mezclar el aroma de un yogur denso, casi de ubre de vaca, no aguado como los que consumimos envasados. Huele al bizcocho casero de limón que te sirven en los bares con el café, gratis. Sólo para endulzar el desayuno. Porque aquí huele a que todavía hay cosas que no se hacen por dinero. Como no se cobra el dulce que resta amargor al café. Ni se cobra el postre que remata una buena cena, ni tampoco el chupito final. El aroma es más intenso si te agasajan que si te cobran por un pequeño placer. Esos no tienen precio.

astelito gratis con el café, naxos
La cuenta huele a texto manuscrito sobre un papel lleno de aceite. Porque aquí las cajas registradoras son como las de antes y la cuenta no se imprime, se escribe a lápiz.

uenta manuscrita con corazon

Huele al sonido del komboloi, que es como un rosario con el que se entretienen los lugareños más mayores mientras ven pasar las horas, llegar e irse a los barcos. A eso huele también Grecia: a tiempo que parece que se para porque ahora sí que sientes que se detiene, que lo tienes, que lo puedes perder toda una tarde atrincherado en la arena y en las páginas de un libro, o consumirlo en pequeñas dosis. Saborearlo. Aquí el tiempo se saborea, no se engulle como en la ciudad. Y eres dueño y señor de él: decides si lo ‘pierdes’, si lo dejas ir despacito hasta que expira.

una playa en koufunissi II

En las terrazas de algunos cafés huele a rebetiko, música tradicional con raíces flamencas que las mujeres bailan cruzándose, como si fueran sevillanas. Grecia tiene en común todos estos olores que varían con matices en islas como Naxos (conocida por su templo de Apolo), Kouffunisi (tan pequena que puedes recórrela a pie), Anafi (subida ente montañas, no tiene más de cuatro o cinco bares y está tan poco explorada que si demoras la reserva te tocará dormir en un antiguo corral de cabras) o Amorgos, la isla que parece llegada del frío. Encaramada en la montaña, se abre paso en el Egeo como una aparición, entre la niebla. Amorgos huele al Moon, un bar lleno de cachivaches y pequeños rincones con chimenea donde te acurrucarías con una botella de raki y te quedarías a vivir a la luz de las velas. Su camarera pasada de rosca tiene un gusto impecable para la música. Huele a Jazz, a chanson, a los acordes de la guitarra griega o bouzuki. En Ios, isla de marcha de la gente joven, hay un café mítico donde todas las noches de verano hay rebétiko en directo. A dos pasos está uno de los restaurantes con más personalidad de las Cícladas (el Katogy) donde sólo dejan pasar a la gente que son capaces de servir como dios manda y sin prisas. Huele a que no tiene sentido hacer caja, sino hacer las cosas bien. El Katogy lo regenta Teodora, una joven llena de tatuajes y con mucho carácter, la Marilyn del Egeo pero en su versión más salvaje.

bar katogy isla Ios Gracia

Igual de bien que el Katogy huele el café Naxos, en la isla de Naxos. Es un rincón escondido entre callejuelas sin salida, como si fuera un oasis que te acoge cuando estás harto de subir cuestas, y sólo iluminado por la luz de las velas.

n rincón con encanto cafe naxos

A todo eso huelen las islas griegas, aunque hay algunas como Santorini o Myconos, que en los meses de verano huelen un poco menos a Grecia y más a masa de cruceros, a burbuja de apartamento a precio de palacete. Huelen menos a lo que fueron y más a lo que hemos hecho que al final sean.

Cuando vas por primera vez a Grecia tu sentido de la vista cede a favor del olfato. Cada vez ves menos cosas y hueles más.

…Por Raquel Villaécija (Twitter: @rvillaecija)…

Si quieres descubrir lugares a través del olfato, aquí te dejamos unos cuantos: La Palma, Dublín.

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